Corría 1989. Estaba en tercero medio en el colegio y motivada por mi profesora de física, que también hacía clases en la Universidad de Chile, tomé un taller de computación como actividad extraprogramática. Mi profe rayaba contándonos como fue su experiencia al usar el primer computador que llegó al país y cómo éste se mantenía casi “refrigerado” en una sala especialmente acondicionada.
Al final del taller me quedó claro que ese mundo donde querían enseñarnos a programar en lenguaje Logo, de “ctrl + alt + n”, y de pantallas oscuras y letras verdes, así tal cual no llegaría nunca al común de los mortales.
En la universidad me relacioné con programas de texto, pero básicamente para las clases de redacción. Los computadores por ese entonces se veían más como un reemplazo sin “liquid paper” de las vetustas máquinas de escribir.
En 1994 -siempre lo cuento ya sé
- Mario Boada, hombre pionero en la señal de Canal 13.cl, nos mostró Internet a los alumnos que tomábamos el curso “Producción de Televisión”. De producción de TV aprendí re poco, pero desde esa fecha no a parado el descubrimiento constante de lo que es y se vive en Internet; donde me he debido adaptar el caótico y cambiante mundo de Internet, y compaginarlo con mi estructurado esquema mental.
Suelo perder la distancia y me cuesta reconocer los tremendos cambios que ha habido desde ese 1989 y 1994, a la fecha. Reflexionando y poniendo a prueba durante dos semanas dos sitios emblemáticos de la Web 2.0 (Facebook y LastFM), ahora comprendo mejor por qué he perdido esa capacidad de asombro y soy descreída ante fenómenos sociales como éste.
Desde 1994 he estado investigando y trabajando en Internet con un pie en calidad de receptora, y el otro como emisora. Puede sonar fanfarrón, pero he sido más protagonista de los cambios que ha sufrido Internet que mero testigo. No sólo porque con mi trabajo he participado en la definición de sitios web en éste, el final del mundo; sino porque con mi participación y generación de contenidos he alimentado la telaraña que es la WWW y mi navegación ha sido un grano de arena en el cosmos de Internet.
Más allá del eslogan creado por Dale Dougherty de O’Reilly Media en torno a la Web 2.0, lo cierto es que la socialización de los contenidos en Internet está permitiendo no sólo que las bases de datos se alimentan de contenidos aportados por los propios usuarios, sino que las personas nos veamos beneficiadas realmente de las recomendaciones y experiencias mutuas.
Se genera además un discurso o meta discurso entre quienes se encuentran en línea; una comunicación que en algunos casos es insostenible en la vida presencial. ¿Tendríamos esa desfachatez de preguntar de forma asertiva y directa sino fuera porque existe un Facebook que lo permite? No me refiero a ese sitio en particular, sino a la plataforma que canaliza esas comunicaciones.
¿Podríamos comunicarnos sin complejos con nuestros ex novios que hoy se encuentran fuera de Chile, y preguntarles por amigos en común? ¿Seríamos capaces de traspasar tantos datos freakies de música y saber que esos freakies que tienen tus mismos gustos musicales están en Berlín o Camboya y viven situaciones y momentos similares a los tuyos?
Más que una reivindicación del fenómeno, escribo para reflexionar sobre los reales beneficios que podemos obtener al fin de una red que estuvo tan distante de las personas comunes y corrientes, y que hoy es el momento de aprovecharla como fuente documental, medio de comunicación, canal de contactos y generadora de comunidades de intereses. Y todo, claro, rompiendo las tradicionales barreras de acceso queda el tiempo y el espacio material.
Mira este video:
http://alt1040.com/2008/06/donde-diablos-esta-matt-2008/
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